
No todos llegan a viejos, ni resisten. No todos aprenden, ni sanan. No todos se levantan una vez más cuando la vida por enfermedad los derrumba a media edad.
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Llegar a la vejez no es cuestión de suerte, sino de batallas ganadas en silencio, de cicatrices que no me avergüenzan, de un corazón esclerotizado que sigue latiendo, agradecido tras implantarle 4 stens.
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Disfruta tu edad. Honra tu historia. Agradece cada día. Porque no es solo cumplir 77 años de edad, sino es un privilegio el logro o un milagro.
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No tengas prisa por volver a ser joven, porque hay una belleza incomparable en ser
maduro, entero, en paz conmigo y con mi vida.
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Es una bendición. Vivo agradecido. Disfruto. Amo y nunca dejo de buscar el brillo, porque como yo, quien ha llegado hasta aquí... ya es un guerrero, un peleador legendario y un buen ejemplo.
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En la Escuela de la vida, nadie te pregunta si quieres inscribirte, basta con nacer y ya estás matriculado.
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No hay uniformes ni pupitres asignados. Y el curso escolar nunca termina
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Lo curioso es que, en esto el maestro, es el tiempo: ese profesor exigente, impaciente y a veces severo. No avisa de los exámenes.
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Un día te despiertas y ahí está el examen en el pupitre.
Y si no has estudiado, no tiene sentido pedir un nuevo examen. Algunas materias son fáciles.
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* El amor,
* La amistad,
* La alegría.
Otras materias requieren más esfuerzo:
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* La paciencia,
* La tolerancia,
* El perdón.
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Y también hay materias que preferiríamos no cursar:
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* el dolor,
* la pérdida,
* la traición
* la soledad y
* la enfermedad.
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Pero es a través de esas materias que el aprendizaje se profundiza.
El director de esa escuela, es Dios, el cual tiene una forma muy particular de preparar las clases. A veces enseña desde niño el cariño; otras, desde la dificultad y la senilidad.
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Siendo así como vamos acumulando calificaciones, sin una boleta impresa, pero con un registro invisible en nuestros corazones.
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En el conflicto, aprendemos a valorar la paz.
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En la escasez, descubrimos lo suficiente.
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Al presenciar la injusticia, practicamos la empatía, y en la vida diaria, aprendemos el difícil arte de AMAR A LA PRÓJIMO.
Un Curso, que algunos repiten durante años, sin llegar a dominar.
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En esta escuela, no hay vacaciones, ni suena la campana para terminar el día. Cada mañana es una nueva lección.
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Y quizás, el diploma final sea la feliz serenidad de mirar atrás y decir: Aprendí a pesar de que cometí errores, o sea aprendí a vivir.
A partir de mis 77 años de edad, con paciencia viviré esta lección de vida hasta la última pagina del libro de mi existencia .